El terremoto en Venezuela ha marcado un antes y un después en la historia reciente del país. Dos sacudidas brutales, magnitudes 7.2 y 7.5, convirtieron la tarde de este miércoles en un escenario de pesadilla. La tierra no se movía así desde 1967; esta vez, la violencia de los sismos fue tal que el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) ha lanzado una alerta que hiela la sangre: el número de fallecidos podría oscilar entre los 10 mil y los 100 mil.
El caos se apoderó de Caracas y el estado Carabobo en cuestión de segundos. Testigos describen la experiencia como «moverse sobre agua», una sensación de mareo y terror que culminó en el desplome de edificios enteros en zonas críticas como Los Palos Grandes y Altamira. El municipio Chacao, epicentro de la tragedia estructural, hoy es el punto cero de las labores de rescate.
El gobierno ha decretado el estado de emergencia nacional, suspendiendo clases y actividades laborales no esenciales. El Metro de Caracas, el ferrocarril hacia Miranda y el Aeropuerto Internacional de Maiquetía han quedado fuera de servicio, paralizando al país. Mientras el comandante de la Guardia Nacional, Juan Ernesto Sulbarán, toma las riendas como autoridad única en la gestión de la crisis, el silencio oficial sobre las cifras de víctimas contrasta con la magnitud de los daños visibles en La Guaira, Aragua y Falcón.
La profundidad superficial del epicentro, entre 10 y 13 kilómetros, ha multiplicado el efecto destructivo en un radio amplio. Escuelas convertidas en refugios y hospitales saturados son hoy la cara de una nación que enfrenta su mayor desastre natural en décadas. Mientras el mundo entero, desde Estados Unidos hasta Turquía, ofrece ayuda humanitaria, el reloj corre contra los escombros en San Bernardino y Los Palos Grandes, donde la prioridad absoluta sigue siendo encontrar sobrevivientes entre los restos de una capital devastada.
Terremoto en Venezuela: Se estima una cifra catastrófica de víctimas


